Sinopsis de EL NIÑO

Un accidente real en el País Vasco de los años ochenta, la vida devastada de una familia. Una historia emocionante, adictiva y conmovedora, como solo Aramburu sabe contar. Nicasio, ya jubilado, acostumbra a subir los jueves al cementerio de Ortuella a visitar la tumba de su nieto. Es uno de los muchos niños fallecidos tras una explosión de gas en un colegio de aquella localidad, un accidente que sacudió al País Vasco y a toda España en 1980. Por las andanzas del abuelo, una figura que se agranda hasta hacerse inolvidable, por el testimonio de la madre muchos años después, por la crónica objetiva de lo que le ocurrió a la familia, descubriremos cómo aquella tragedia lacerante y devastadora les alteró, cómo sacó a relucir aspectos inesperados, cómo trastocó sus vidas. Con la maestría habitual de Aramburu, el lector se verá inmerso en una historia de emociones inesperadas, una exploración psicológica y literaria con afilado bisturí que nos mantiene pegados al devenir de los destinos de los protagonistas. Una novela que alberga una densidad emocional tan alta que exige una lectura atenta, hasta la última línea, para entender, comprender, emocionarnos con el destino de sus protagonistas.

12 reseñas sobre el libro EL NIÑO

Tengo claro que llorar es lo mismo que “sollozar” y es lo que me ha pasado con esta preciosidad. La verdad que me encontré este libro en mi lista infinita de pendientes y me lo puse a leer y acerté otra vez de lleno. Un relato breve y conciso sobre la vida de unos personajes tan reales que parece que conoces de tu vida anterior o tal vez en tu día a día. En si, su narrativa hace vivir cualquier situación acaecida a otros como si fuera propia. Se lee de un tirón y es de gran calidad literaria.


Una vez más el bueno de Fernando Aramburu me deja sin palabras. El Niño es una historia real de los 80's, basada en la explosión de gas y la muerte de 50 niños en un colegio de Vizcaya. Algo muy característico del escritor: reflejar con nostalgia y delicadeza situaciones reales y crueles de la vida. Es un libro fácil de leer pero, a su vez, es un libro repleto de profundidad, llegando a lo más hondo en cada una de las heridas, en el pensamiento y en el dolor físico y emocional de los familiares de las víctimas. Todo ello desde el prisma de una familia destrozada en la que el dolor martiriza y marca todos los aspectos y momentos de sus vidas, desde su pasado hasta su presente. Un libro que desprende ausencia por los cuatro costados, de esas irreparables y que tiñen de un color oscuro y clamoroso el resto de los días por vivir. En especial me ha gustado mucho el personaje del abuelo Nicasio. Un personaje espectacular y que te mantiene, a pesar de lo duro del relato, en una constante emoción y sonrisa. También a destacar la narración innovadora del escritor, invitando al lector a formar parte de ella. Un libro desgarrador y emotivo. PUNTUACIÓN: 10/10


Desgarradora y emotiva. Las páginas de esta novela están impregnadas de profunda tristeza. A través de una tragedia ocurrida en los años 80 en el País Vasco, el autor nos muestra cómo se enfrentan al duelo los integrantes de una familia ante la partida del pequeño Nuco. Un abuelo que se resiste a aceptar la muerte como algo definitivo y unos padres que intentan seguir adelante con el peso de la angustia y de una vida que amenaza con desmoronarse. Un relato abrumador que te deja con un nudo en la garganta.


Una novela emotiva, enternecedora, basada en hechos reales. No es un tocho, como otros libros de este autor, es una “novelita”, pero no le hace falta más para encandilarnos con su excelente literatura y atraparnos ante unos hechos y unas vivencias de una familia con una intensidad apabullante. En el prólogo, el autor nos avisa de unos pasajes que irán apareciendo a lo largo de la lectura y que deja a elección del lector el omitirlos. Estos pasajes, aunque se apartan de la narración, a mí, particularmente, me han encantado. En mi opinión, nos dan un respiro, aportan más conocimientos sobre la historia, y se convierten como si fueran un protagonista más de la novela. Es increíble cómo construye a los personajes aportándoles un sentimiento humano y profundizando en lo más hondo de su ser. Cuando he cerrado el libro, he tenido un sentimiento de máxima satisfacción, de profunda ternura, pero también de pena por haberlo terminado. 22/Mayo/2024


Vaya historia. No se puede leer nada más triste, porque estoy convencido que no hay nada peor que perder a un hijo. Y es que no es sólo eso lo que tiene esta novela, tiene mucho más que se condensa en menos de 300 páginas. Reconozco que Aramburu es una de mis debilidades en todo lo que escribe, por muy triste que sean, eso sí, no recomiendo que lo leáis si estáis bajo de ánimo.


El 23 de octubre de 1980 una explosión de gas propano mató a cincuenta niños y tres adultos en el colegio público de Ortuella, Vizcaya. Más allá del drama que cualquiera de nosotros pueda ser capaz de imaginar resulta imposible hacerse una idea exacta de lo que cada una de las familias hubo de soportar, y aún a día de hoy soporta, tras la serie de fatales hechos que desencadenaron el accidente, las muertes en el acto y las subsiguientes a través del tiempo. La gran originalidad de El niño es que incorpora como personajes al autor -el Fernando Aramburu de 2024- y al propio texto, que nos explica diferentes pasajes de la trama a modo de pequeños capítulos aclaratorios que aparecen reflejados en cursiva. Fragmentos breves que, como se indica al comienzo de la obra, aportan datos valiosos sobre los personajes y sus circunstancias y que contribuyen a introducir remansos de sosiego reflexivo en una historia que se mueve con frecuencia en los bordes de la intensidad. La novela cuenta el drama en todas sus posibles extensiones. A nivel poblacional en su conjunto, a nivel familiar y a nivel personal. Eso sí, se centra en una familia en concreto, la formada por Mariaje y José Miguel, padres de el Nuco, uno de los niños fallecidos en la explosión, y Nicasio, su abuelo materno, uña y carne del niño durante sus seis años de vida. Puede uno imaginar que tras una desgracia como la vivida en Ortuella en 1980 cada persona -o personaje- puede reaccionar de maneras bien diferenciadas. Lo que es complicado de alcanzar es lo que con tanto detallismo se nos muestra en esta novela: una disección psicológica de cada uno de ellos labrada con una precisión que deja al lector atónito. Y conmocionado. Porque, aunque los capítulos de la explosión y sus momentos inmediatamente posteriores ya muestran con pelos y señales -aunque sin un ápice de morbo ni de recreaciones obscenas, que quedarían fuera de lugar- el nerviosismo, la negación, el miedo y las reacciones de cada uno de los personajes, lo que de verdad importa en la acción es lo que pasó después.Y es que, aunque en ocasiones resulte un hecho insoportable, la vida no se detiene. Sigue. Y ello significa que se debe convivir con la tragedia. Y, lo que es peor, con las ausencias derivadas de la misma. Y ahí es donde pone su acento Aramburu en esta novela: en las diferentes formas de afrontar -o no, porque no afrontar algo es en sí mismo ya una forma de afrontarlo- una vida que ya nunca será la misma. En efecto, cada uno de los personajes lo lleva como puede. Y actúa como actúa. Y, dentro del sufrimiento -porque todos sufren a rabiar la ausencia de el Nuco-, cada uno vive la vida que quiere -o que puede- y trata de buscar su nueva manera de estar en el mundo. Porque Nicasio ha dejado de ser abuelo. Mariaje ha dejado de ser madre. Y José Miguel ha dejado de ser padre. Pero deben seguir siendo padre, hija, esposa y marido. Nicasio camina cada jueves -porque la tragedia ocurrió un jueves-, y algún que otro día más, hasta el cementerio municipal para ver a el Nuco. Pasa un rato con él, limpia el cristal que protege su lápida y le cuenta cosas sobre ellos, sus padres o el Athletic de Bilbao. Para poder seguir viviendo, aunque no está loco ni trastornado, se ha hecho a la idea de que su nieto continúa con él. Se lo imagina cogido de su mano cuando camina por el pueblo, lo acompaña al colegio cada mañana y hasta se lleva a su casa los muebles de su habitación, la cual recrea de forma casi idéntica a la original. Una habitación que Mariaje y José Miguel deciden desinstalar porque no se ven capaces de verla vacía cada día. Nicasio pasa horas sentado junto a la cama de su nieto, hablándole y velando su sueño. Es consciente de que ha muerto, pero no quiere separarse de él ni de sus recuerdos. Todo lo contrario que José Miguel, quien solo conserva algunas fotos de su hijo, pero se deshace de todo lo demás. Se hace a la idea de que nunca ha existido y trata de convencer a Mariaje para tener otro hijo y empezar así desde cero.Mariaje es, junto al propio texto de la novela -el que aparece en cursiva-, la única que cuenta su historia en primera persona. La única que tiene, pues, voz propia. Lo cual tiene una explicación muy importante para el desarrollo y fin de la obra. Algo que, por motivos obvios, no explicaré en la presente reseña. Además, guarda también un gran secreto. Un secreto que se prometió guardar hasta la tumba y que mantiene en vilo al lector durante un buen puñado de páginas. Un secreto a pesar del cual ha seguido viviendo durante los últimos años. En efecto, Mariaje es el personaje más fuerte, de mayor carácter, de todos los de la novela. Por eso, a pesar de los pesares, trata de reconducir su vida. Una vida sin hijo. Pero con padre, marido y un anhelo: vivir. Que la terrible ausencia de su hijo no la aparte de la vida. Es peluquera. Y vuelve a ejercer después unos años de inactividad. No se excusa en la mala suerte, como su marido, sino que quiere seguir viviendo. Vida solo hay una.


Una serie de catastróficas desdichas era un libro infantil que circulaba por casa hace ya algunos años. Con esto no quiero quitarle valor y gravedad a la novela pero el autor se ceba demasiado en una serie de desgracias que recaen sobre una familia trabajadora que reside en Ortuella en Guipúzcoa. Basada en un hecho real, un trágico accidente que ocurrió en esa localidad, el autor escoge a una familia de las víctimas y analiza su evolución. Un niño de seis años Nuco muere por una explosión de gas en su colegio. El autor se pone en la piel de la madre, del padre y del abuelo y va contando un historia en la que sólo se narran los avatares de unas vidas abrumadas por la tristeza. Me ha resultado muy interesante el desdoblamiento del autor que intercala párrafos en cursiva reflexionando sobre su propio texto. La prosa y el estilo del Aramburu siguen siendo impecables y el libro se sujeta gracias a su oficio. En otras manos este mismo argumento hubiera resultado sensiblero y excesivamente emotivo. Aún así me he sentido un poco abrumada por esa concatenación de desastres, Aramburu está ahí en su prosa y por eso vale la pena su lectura.


Buf. Acabo de acabar esta maravilla de 270 páginas y tengo el corazón encogido. Basado en un hecho real, en una desgracia que ocurrió en Euskadi en los años 80 y que acabó con la vida de muchos pequeños. Hecho narrado con la pluma característica de Aramburu. Me ha encantado.


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