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Sinopsis

La obra de Macedonio Fernández (Argentina, 1874-1952) encarna la autonomía de la plena ficción. Su influencia en el joven Borges fue definitiva. Dos intuiciones bastaron: la obsesión por la obra dentro de la propia obra y la concepción onírica de la realidad. En esta obra aparece su estética laberíntica.

Año de publicación:2010

1 reseña sobre el libro MUSEO DE LA NOVELA ETERNA

Voy tras el rastro de las influencias que dieron origen a las formas narrativas empleadas por Borges y Piglia, ambos en sus variados textos, bien sea desde la ficción o desde el ensayo, remiten directamente a una fuente común: Macedonio Fernández, el hombre que visualizó la literatura como la forma privada de expresar una sociedad utópica. Esta frase aparece con alguna variación en Los Diarios de Emilio Renzi, allí, si mal no recuerdo, se dice que escribir es una forma privada de la utopía, ya que el escritor trabaja sobre dos intuiciones: La primera es la obsesión por la obra dentro de la propia obra y la segunda, la concepción onírica de la realidad. Basado en esas intuiciones, Borges descubrió que la literatura, la historia literaria, no es sino la casual conjunción de un doble diálogo: de los libros entre sí y de éstos con el lector. Un diálogo intemporal y quizá fantástico. La teoría de Macedonio Fernández se manifiesta entonces, en los laberintos narrativos, la referencias, las citas, los libros apócrifos, los palimpsestos, los sueños evanescentes que pueblan la obra de Borges y en muchos de los textos que produjo Ricardo Piglia a lo largo de su vida, donde ese diálogo permite una fusión del texto narrativo con la historia, el ensayo, la crítica y una combinación de géneros que toman la forma del cuento y la novela como investigación o ficción paranoica. Este mismo párrafo no es más que otra expresión del diálogo eterno postulado por Macedonio.Se dice que Macedonio fue un escritor siempre a la vista, un escritor postergado, su obra duró lo que su vida, estuvo siempre escribiendo el mismo libro, un trabajo interminable, lo anunció, lo prologó hasta el cansancio, nunca lo publicó; Museo de la Novela de la Eterna y sus cincuenta prólogos aparecieron póstumamente en mil novecientos sesenta y siete, quince años después de su muerte. En los tiempos que corren cualquiera se atreve a publicar lo primero que se le ocurre, para figurar en blogs, páginas web, capillas literarias o círculos de “eruditos” entre coimillas, vemos nacer poetas, cuentistas, novelistas, y los vemos caer después, con más pena que gloria en el olvido; la industria editorial, por su parte, satura el mercado literario con best sellers prefabricados, producidos e impulsados por el marketing y la publicidad, los estantes de las librerías se abarrotan se sagas o de thrillers de calidad literaria más que dudosa; hay gente que piensa seriamente en Paulo Coelho como un gran escritor. Dadas las tendencias que comento, me impresiona muchísimo el trabajo de Macedonio Fernández, nos dejó una obra experimental que es la base para las posteriores vanguardias, que anticipa los textos de Cortázar, de Piglia, hasta del mismísimo Borges, y no hay noticia de que se haya apresurado a publicarla, se dedicó a ella en el aislamiento, en la soledad de piezas de pensión o de cuatros prestados en casa de algún amigo, se deshizo de su fortuna, de su familia y de su clase social porque la muerte se llevó a la mujer que amaba. Tal como se cuenta en la Ciudad Ausente, empleó sus días en construir una máquina narrativa que le diera la eternidad a esa mujer perdida, murió en el intento de perfeccionarla, ese mecanismo anhelado no es otro que el pequeño libro que tengo en las manos: Museo de la Novela de la Eterna.


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