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Sinopsis

Mil orejas es una obra para personas sordas y oyentes que desea sensibilizar sobre la discapacidad auditiva; en la que, en palabras de su ilustrador, Samuel Castaño Mesa, «se refuerza la idea de que el diálogo entre el silencio y el sonido es necesario para que ambos existan».Siguiendo la línea de El libro negro de los colores (Libros del Zorro Rojo, 2008), Mil orejas tiende puentes entre la poesía y el relato, entre la literatura infantil y la literatura para adultos, entre la lengua escrita y la lengua de señas, al tiempo que rescata la intensa sensorialidad de lo efímero y lo sutil: de un olor fresco en el aire, una caricia en la espalda o una mirada dulce.Una obra sobre la percepción entendida como el conjunto infinito de formas de conocer el mundo.

Año de publicación:2016

1 reseña sobre el libro MIL OREJAS

Hace unos años había acordado ir a comer con un amigo como pago por haberle ayudado con unas fotografías para un trabajo. Como costumbre de esa época, llegué tarde (lo siento, yo ya he cambiado, solo Dios puede juzgarme). Cuando llegué al sitio vi que no estaba solo, que estaba acompañado de un tipo alto, cabello liso pero despeinado, de cejas gruesas, mentón cuadrado, no gordo no flaco (trocibuenos les dicen). Yo estaba soltero y hormonal, así que vi al tipo como alguien que mi amigo me debía presentar, mejor dicho, detecté la posible presa desde lejos. Algo así como Gallinazo Londoño. Cuando llegué a la mesa, saludé serio evitando reproches de la hora. Empezaron a hablar por señas. Yo no entendía que pasaba y pues, como uno a veces raya entre lo extrovertido y lo imprudente, metí la cucharada y empecé a hacer señas también que fueron detenidas por las miradas de sorpresa de ellos. No entendí las miradas tampoco, pero no les di importancia y me senté. "Vea, le presento a Eduardo, es sordomudo". (Aquí es donde todo toma sentido y ustedes me imaginan muy rojo, tapándome la cara con las manos y pidiendo disculpas). Les resumo: Eduardo me disculpó, comí pastas que me supieron a incomodidad, me la pasé toda la tarde viendo cómo se hablaban y quedamos en ir con el tipo la semana siguiente a conocer algún lugar de Medellín. Eduardo era de México. Sí salimos, sí conocimos lugares de Medellín, sí volvimos a salir varias veces y sí, me ilusioné con el mexicano. Se lo hice saber y no fue malo, siempre fue agradable tenerlo cerca y aunque no me gustaban nuestras conversaciones (sencillas e intervenidas por el traductor, mi amigo), sabía que había un mundo por descubrir en él. Todo muy chévere hasta que supe que el man solo se quedaría por tres meses, que vino a Colombia para iniciar un tratamiento en el que buscaba aprender a leer, pues su condición de sordomudo lo tenía en un analfabetismo en el que no quería estar. Eduardo se fue. Yo entré en estado de tusa (es mi religión) y continué mi vida como si nada. Tiempo después debía hacer una entrevista y fui a dar con Pilar Gutiérrez, directora de la editorial Tragaluz y autora de este libro que (aclara ya por inercia) no es para sordomudos, es dedicado a ellos. Es corto (se lee en menos de cinco minutos) pero sustancioso. Hermoso. Así como algunas canciones nos recuerdan personas, a mí este libro me hace pensar en Eduardo, de quien no sé nada desde ese adiós, pero que guardo la esperanza de que ya aprendió a leer y que luego hablaremos de los libros que quería leer por sí mismo y que antes le leían por señas.


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