Sinopsis de ULTIMOS TESTIGOS

6 reseñas sobre el libro ULTIMOS TESTIGOS

Siento que leer a Svetlana, viene a resultar un compromiso. Con “Voces de Chernóbil” y “La guerra no tiene rostro de mujer”, terminé conmovido. Y apaleado. Pero, he vuelto a reincidir. Es que ahora es por los niños. No podía dejar de leer esta otra gran obra suya. La ganadora del Premio Nobel 2015 trae el testimonio de los niños y niñas. Los que sufrieron esa guerra, la de la Segunda Guerra Mundial en la ex Unión Soviética, invadida por los nazis. Todos los relatos configuran una gran crónica del sufrimiento del alma humana, ante lo cual es imposible quedar indiferente. De alguna forma, siento que representan también a quiénes han vivido las otras guerras a lo largo de la historia de esta humanidad nuestra. Y tal vez, son también las voces de estos niños que la están sufriendo hoy, en estos momentos, en distintas partes del mundo mientras celebramos Navidad, en las 16 guerras en curso, además de los otros conflictos menores que existen. Svetlana, en su modo característico deja que los niños del ayer hablen, cuenten, rememoren, vuelvan a vivir esos episodios estremecedores en que perdieron padres, madres, hermanos, abuelos, tíos, primos, amigos de infancia. Y también su inocencia. Pero aquí están. Aún no sanados muchos de ellos, de esas heridas del alma, pero con sus testimonios, que estoy seguro, llevados de la mano de Svetlana, contribuirán a la mejor conciencia de los hombres, ojalá de aquellos que toman las decisiones, para que más temprano que tarde podamos ir construyendo una mejor humanidad. Sin guerras. Con la paz por delante. Siempre. “Estamos en esa línea…En esa frontera…Somos los últimos testigos. Nuestro tiempo se acaba. Tenemos que hablar…” dice Valia Brínskaia, que tenía doce años cuando empezó la guerra, ahora ingeniera. Pero es sabido que la mayoría de las personas borran de la memoria los malos momentos, los episodios difíciles de la vida. Siempre son los buenos recuerdos los que se quedan atesorados. Por eso es tan valioso este rescate desde la destrucción misma, a través de testimonios múltiples, poniendo caras, voces y nombres que representan a millones. Y así construir una crónica de futuro para recordar siempre que las guerras tienen rostro. Y esos rostros, los más preciados, son los de los niños.


Es inagotable la literatura que encontramos sobre La Primera Guerra Mundial. He bebido de la pluma de diversos autores que nos han narrado historias estremecedoras, inverosímiles y descarnadas; a la vez encuentro en ellas que están llenas de valor, coraje, fortaleza, superación, humanidad… En el libro titulado Últimos testigos: los niños de la Segunda Guerra Mundial, Svetlana Alexiévich entrevista a hombres y mujeres que la guerra les robó la infancia, su familia, su inocencia, sus sueños, su territorio, pero este monstruo no pudo arrancarles el deseo de vivir, aunque fueron millares de niños que resistieron a la adversidad hasta la muerte, también fueron muchos los que sobrevivieron, en esta obra escuchamos a los niños y niñas, que en su edad adulta evocan la tragedia vivida a manos del invasor nazi, y que ha quedado como marca de carimba en su piel… es devastador recordar… volver a sentir la angustia, el dolor, el sufrimiento, el miedo, el hambre, el frío, la soledad, el vacío… pienso que ellos son las voces silenciadas de millones de niños que lo dieron todo para vivir o morir en condiciones inhumanas. Lo paradójico de esto es que a pesar de la crudeza de los relatos encuentro que los disfruto, en medio de mis lágrimas puedo ver con alegría que pudieron empezar una nueva vida, acompañada de las sombras del pasado que a muchos no dejo de atormentarles. Ninguna guerra justifica las lágrimas de seres inocentes e indefensos… Escribir estas líneas me conmueve profundamente. Debo agradecer a Svetlana Alexiévich por el gran trabajo que ha realizado, es una mujer querida por muchas personas porque le dio vida a las personas que no tenían voz y vivieron los horrores de la guerra, también es repudiada por quienes no quieren que salga a la luz tanta crueldad. Finalmente, tengo para decirles que esta lectura es una obra maestra que nos permite viajar a un periodo de la historia del cual la humanidad no podrá sobreponerse jamás.


He leído muchos libros que hablan sobre la segunda guerra mundial, la mayoría de ellos, sobre los campos de concentración o la persecución a los judíos o bien sobre la misma historia del desarrollo de la guerra, El nazismo, en fin, tantos libros que llegó el momento de decir basta y deje aparcado ese tema mucho tiempo, sencillamente porque eran mas de lo mismo, diferentes historias, pero mismo fondo, trágico, desgarrador, doloroso, pero al final era lo mismo. Este es el segundo libro que leo de esta autora, los dos tienen el mismo estilo de narración, es decir, varios relatos contados por los protagonistas de la historia, recuerdos de lo vivido, en este caso, los recuerdos de los que en el momento de la segunda guerra mundial eran niños. La diferencia de este libro con respecto a otros que he leído, bueno, son varias, pero la principal es que no habla de judíos o de alemanes o campos de concentración, sino de los rusos, los niños rusos. Como vivieron esa guerra, como fue que se enteraron que se encontraban en guerra, los bombardeos, dejar su casa, como vivían antes, durante e incluso después de acabada la guerra, como perdieron a sus padres, ya sea porque fueron a luchar o porque murieron en algún bombardeo, los que salieron huyendo algunos llegaron a los orfanatos, otros con gente que los acogió, otros se quedaron en casa a esperar noticias y rezar que no les cayera una bomba encima. Algunas historias desgarradoras, otras, recordadas precisamente con esa mentalidad de los niños, que saben lo que sucede, pero que pintan su mundo de otro color, pero la mayoría de ellas son dolorosos recuerdos de civiles que tienen que aguantar muertes, bombardeos, ejecuciones, perder a sus padres, amigos, familiares. Un libro que a pesar de lo desgarrador que pude llegar a ser en algunos casos, es un libro que se deja leer, porque es sencillo, ágil, franco, simplemente una historia que fluye después de la otra. Todos los relatos son cortos, por lo que este libro se lee muy rápido, pasas de un pequeño relato a otro con tal rapidez, que cuando te das cuenta has acabado el libro. Como todos los libros que hablan sobre guerra, me dejo ese sentimiento de impotencia, de incomprensión hacia los actos cometidos durante una guerra, sentí en algunas ocasiones ese miedo que te transmiten sus narradores, otras historias solo se trata de recuerdos. Un libro muy recomendable, un libro que resulta fresco por la realidad que refleja, no es el típico libro de este tema del que estamos acostumbrados, es una cara diferente de esta guerra, que al menos yo, no conocía.


Fueron niños y niñas que quedaron huérfanos de padre, madre - o ambos - al inicio y durante la Segunda Guerra Mundial, que en Rusia le llaman la Gran Guerra Patria ( más precisamente desde Junio de 1941 cuando Hitler - con la operación Barbarroja - invade la Unión Soviética). Fueron testigos y protagonistas inesperados de una niñez empañada por las pérdidas, el dolor, el hambre, la muerte y – paradójicamente - iluminada por el amor, la solidaridad, la resiliencia y la esperanza. En 1945, sólo en Bielorrusia, había 27.000 huérfanos. El texto reúne alrededor de 100 testimonios de estos ya adultos bielorrusos que recuerdan hoy aquel tiempo de su niñez sacudida, y lo comparten – en forma breve – al ser entrevistados por la autora (Premio Nobel de Literatura 2015). Entre olvidar o recordar, entre callar y compartir, estos testimonios fuertes sacuden el alma. No es una lectura para pensar. Es un ejercicio de empatía para el corazón …. , difícil – la mayor de las veces - por la naturaleza de la experiencia vivida por cada protagonista.


Svetlana le da voz al mudo, al invisible, al que está al frente de los que voltean la cara, mejor dicho a aquéllos que la sociedad y el Estado prefieren invisibilizar porque su posición y su testimonio duelen, hieren, hacen tambalear posiciones, restan poder. A veces desgarrador y a veces tierno el conjunto de éstos relatos nos adentra en una triste historia completamente desconocida para casi todos, pero desgraciadamente real.


Tal vez sea este uno de los libros más difíciles de terminar de leer de la autora Bielorrusia, siendo también en el que ella menos interfiere con su fuerte pluma y brillantes reflexiones.El estilo coral de su obra sigue intacto, pero la dificultad de su lectura radica en sus relatos, mujeres y hombres adultos reconstruyendo sus historias de cuando eran niños, pero en las que no tuvieron una niñez, pues la guerra se las arrebato.En muchos casos sin saber leer o siquiera hablar, pero estos niños fueron obligados a entender el concepto y significado de la guerra y sus atrocidades; de la crueldad del hombre desconocido que sembró muerte en su patria. La razón para llegar hasta el último relato ya no es saber más acerca de sus desafortunadas circunstancias en las que muchos de estos niños terminaron huérfanos, y lastimados física y moralmente; es conocer como la colectividad de su entorno los salvo, acercarse a esa imaginación infantil que les hacía plantearse preguntas inocentes, inverosímiles para los adultos, pero más allá, como conseguían soñar en medio de tanto dolor. 


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