Sinopsis de LA HUIDA DE MORGAN

Bristo, Inglaterra 1787. Cientos de prisioneros iban a ser arrancados de su tierra natal y forzados a emprender un duro viaje por mar para poblar tierras desconocidas y hostiles. Abandonados a su suerte en tierras australianas, su llegada sería sólo el principio de una larga odisea. Morgan habría de concer el lado más cruel del ser humano, pero también el amor y la amistad más sinceros. La huida de Morgan parte de episodios históricos para narrar la increíble epopeya de los primeros colonos en Australia.

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1 reseñas sobre el libro LA HUIDA DE MORGAN

Todo parte en el puerto de Bristol en Inglaterra, en la década de 1770. Ahora que las 13 colonias de América, se han sacudido el yugo inglés, entre muchos otros, Inglaterra tiene un problema. ¿Qué demonios hacer con sus convictos, que antes eran deportados a las colonias americanas y que ahora tienen sobrepobladas sus cárceles? Y surge la solución. Matar dos pájaros de un tiro: colonizar un vasto territorio recién descubierto y enviar para allá todos los presos que fuera posible. A dos océanos de distancia. En cuanto más lejos, mejor. Llegué a esta novela histórica de la autora de “El pájaro canta hasta morir” con la expectativa de encontrarme con una narración para conocer un poco más sobre el poblamiento europeo de Australia, de lo que poco conocía. Lo que leí a lo largo de “chorrocientas” páginas, es la narración que tiene como hilo conductor la vida de Richard Morgan, inglés de Bristol, armero de formación, tabernero, fabricante de ron y otras múltiples habilidades, dueño de una vida de infortunios, que cae preso por parte de un imperfecto y corrupto sistema de justicia inglés y luego, condenado a ser enviado junto a otros miles de convictos a Australia, a bordo de un barco negrero en un régimen de esclavitud. Escrita en base a mucha investigación histórica de la autora, la narración se mueve tediosamente en muchos pasajes por la exageración en contar pormenores de todo, por lo descriptiva del funcionamiento de las cosas y su apego a centrarse en la cotidianeidad. Por ejemplo, ¿era necesario dedicarle más de cuatro páginas al bendito funcionamiento del sistema artesanal de dragado del Támesis? Y así, muchas páginas giran en torno a los problemas prácticos, que si los quitas, no pasa nada con el propósito central de la novela y al contrario, la hace más llevadera. ¡Casi se me va noviembre para terminar tu novelón, Colleen! (aunque también leí otras cosas). Sin embargo, la magia que tienen los libros, me llevó a compensar en este caso a mi perseverancia lectora. Lo rescatable, fue la conexión entre este difícil esfuerzo de colonización en tierra inhóspita con la historia de la vida propia. Este libro, guardando las proporciones por cierto, en lo referente a abrirse paso en un mundo nuevo, sin recursos y sin apoyo, me hizo recordar y revalorar lo que mis padres y más aún, mis abuelos hicieron. Como colonos, habilitaron campos, drenaron ciénagas, construyeron sus casas a pulso, aserrando su propia madera (como Morgan), sembraron, emprendieron, sobrevivieron en los parajes de Huelmo en que en esos años poco había, sin caminos, por cierto sin agua potable, sin luz eléctrica, sin posta de salud, sin telefonía. La conectividad para llegar a la ciudad más cercana era sólo por mar y en lanchas veleras. Aún recuerdo esa primera noche, en que acompañé con mis nueve años a mi padre a alojar en nuestra primera casa, con temporal desatado. Sólo estaba construida a medias, con la cocina y un dormitorio habilitados. Mi madre y mi hermano pequeño estaban donde los abuelos y llegaron semanas después, cuando la casa estaba un poco más avanzada. En fin, una novela de luces y sombras. Tampoco, se puede pasar por alto el desbalance en los tiempos y lugares que muestra la narración. La expectativa decía Australia, conocer de este poblamiento heroico y llamativo de reclusos que buscan libertad en una experiencia única de colonización. Pero se satisfizo solo a medias. Una novela escrita en una línea de tiempo sin giros y pocas sorpresas en que su majestad, la épica, estuvo ausente. Lo mejor, las remembranzas de la historia familiar. Pero eso, lo sé, es personal.


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