HUMOR Y COMEDIA

ESPAÑA, DECÍ ALPISTE / ESPAÑA, PERDISTE

HERNAN CASCIARI

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Sinopsis de ESPAÑA, DECÍ ALPISTE / ESPAÑA, PERDISTE

Después de la crisis de 2001, una nueva carmada de argentinos desembarcó en España. Fueron muchos, estaban muertos de hambre, eran profesionales de clase media y tenían un afán secreto: corromper la cultura ibérica hasta desestabilizarla. Entre sus objetivos a corto plazo se destacaban: contaminar la gastronomía peninsular, seducir a la mujer española, ocupar puestos directivos, posicionar a sus artistas, imponer sobremesas filosóficas, masificar el consumo de dulce de leche, obligar a los hinchas de fútbol a entonar cantitos con argumento, educar al carnicero en el corte paralelo al nervio, dar protagonismo a sus actores en la tele y, sobre todo, invadir las guarderías españolas de chicos con apellidos terminados con la letra "i". Con un nada desdeñable empeño, lo consiguieron en menos de una década

Año de publicación:2007

3 reseñas sobre el libro ESPAÑA, DECÍ ALPISTE / ESPAÑA, PERDISTE

Me divertí mucho con este libro. Hernán Casciari fue de la avanzada de la emigración argentina a Europa en el año 2001. Cuenta con mucha gracia la llegada de oleadas de argentinos y las vicisitudes de la adaptación a la vida en España.


Hernán Casciari (Mercedes, 16 de marzo de 1971) es un escritor a estas altura creo que medianamente conocido, si bien este libro tiene mas de 10 años, todavía puede ser leído podría titularse “Aventuras y desventuras de un argentino en España”. Casciari es un gran escritor y maneja el humor con una inteligencia notable. Si no lo conocen léanlo, no los va a defraudar. Acá va una pequeña muestra “Argentinos, a los besos” El macho español observa con estupefacción y extrañeza a dos amigos argentinos besarse en el momento del encuentro, o a la hora de la despedida; lo he notado muchas veces. El beso masculino es, para ellos, inaudito; tan espantoso como llorar en público. Que una boca de hombre roce la mejilla de otro hombre no les tiñe la vista de representaciones homosexuales, sino de algo peor: les genera una sensación de vértigo, de asquete, de intimidad imposible. Besarse es, para ellos, como hablar de caca mientras se cocina una mousse. Quizás por eso lo más complicado de conseguir en España ya no es la batata, la yerba, el dulce de leche o los yogures de dos litros, sino, y lo digo con tristeza, los amigos de la raza masculina. Yo hace mucho que vivo acá, y solamente tengo dos amigos locales con los que se puede hablar con total franqueza, con el corazón en la mano; es decir, como dios manda. Tampoco es que los haya buscado mucho, porque esas cosas tienen que surgir con espontaneidad, pero lo cierto es que los hombres ibéricos son muy ariscos para la amistad verdadera. Son incapaces de venir a tu casa sin motivo, por ejemplo; no saben abrirte la heladera sin permiso, no toman mate, y se enojan bastante si les decís «cómo estás hijo de una gran puta». Pero estoy convencido de que el problema mayor, por encima incluso de su incapacidad genética para hablar de fútbol con fundamento, es que no saben darle besos a otros hombres. Cuando fui un recién llegado a estas tierras me sentía solo, necesitado de compañía. Entonces, ingenuo de mí, quise trabar amistad con los nativos. Recuerdo haber actuado con naturalidad argentina frente a ellos: cuando conocía a españoles simpáticos, enseguida los saludaba con un beso en la mejilla. Si me caían muy bien, al día siguiente me pasaba por sus casas a la tardecita, sin avisar, y una vez dentro me metía en sus cocinas y les preparaba panqueques. Durante las charlas íntimas yo les contaba que había tenido un sueño extraño donde había un dinosaurio con una poronga grandota, por ejemplo, y más tarde me despedía de ellos con un abrazo y otro beso, y quizás por la noche los llamaba por teléfono para hacerles escuchar un disco entero por el auricular, o para explicarles algún trauma sicológico de mi adolescencia. A causa de estas prácticas, durante mi primer año en España recibí doce órdenes de alejamiento de los juzgados y cuatro trompadas en el ojo (en el mismo ojo, para peor). Y así fue que, con el tiempo, descubrí que en España no existe la amistad masculina. Me costó darme cuenta, pero finalmente lo entendí. Desde entonces, le doy la mano a todo el mundo, pido permiso para ir al baño en casa ajena y nunca intento hablar de cosas profundas si estoy solo frente a otro señor. …………………….


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